June 15, 2021

Diccionario secuestrado de Gilles Barbier en exhibición en el Banana Hangar en Nantes

Para Gilles Barbier, la cuestión del tema no surge. Lo resolvió de una manera muy eficiente: copió la edición de 1966 del Petit Larousse ilustrado. Lo vuelve a copiar metódicamente y amplía considerablemente el formato. Cada dibujo, en tinta y gouache, es un cuadrado de 220 centímetros de ancho. Para ello, no utiliza ningún proceso mecánico que pueda ayudarlo, sino que escribe a mano alzada. Las imágenes y las placas del diccionario se reproducen con la mayor precisión posible.

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Barbier, que nació en 1965, concibió este proyecto en 1992 y, no siendo éste el único que lo ocupa, sigue estando solo en la letra p de los nombres comunes. La preocupación por la precisión lo lleva a agregar erratas cuando se da cuenta de que ha cometido un error en una ortografía. Muestra 24 páginas de Nantes, la primera va De la A a la Alfa, el último Del panel a perder.

En el Banana Hangar, donde las exhibe por primera vez en Francia, no están ordenadas en orden alfabético ordinario, sino que trazan líneas en zigzag. Esculturas que incluyen un monumental hueso falso de plástico llamado Entre las articulaciones (el lenguaje) se insertan, confirmando el significado del juego de palabras y la ironía propia de Barbier. También creó, tomando prestados animales de peluche del Museo de Historia Natural de Nantes, la instalación Las páginas rosadas. De estos animales, desde la nutria hasta el bisonte, de hecho se escapan las citas latinas que el título daba esperanza. Por tanto, el diccionario es omnipresente.

Mitología e ironía

Para volver a copiar un libro, Barbier no es el primero en pensar en él. En la década de 1930, José Luis Borges inventó así el personaje de Pierre Ménard, que copió el Don Quijote por Cervantes. En cuanto a la copia de imágenes, la historia del arte abunda en ejemplos de tales pastiches o robos. Pero Barbier hace todo lo posible para que el original sea reconocible, e incluso expone la portada de su Petit Larousse ilustrado de 1966. ¿Por provocación? Esto es lo que me viene a la mente de inmediato. Se supone que un artista debe tener ideas originales o incluso, mejor aún, dejarse llevar por la inspiración y entregarse a ellas ciegamente. Esta mitología, muy gastada pero regularmente rejuvenecida con golpes de romanticismo y Van Gogh, sufre con Barbier una completa negación. Otra mitología, que ha animado las llamadas prácticas conceptuales desde la década de 1960, requiere lecturas, teorías y sistemas, al contrario. Pero un diccionario no es un tratado y copiarlo no es muy teórico. Por tanto, Barbier se ríe tanto del artista inspirado como del artista pensante. Burla generalizada.

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