June 19, 2021

El arrendajo de los robles no se deja engañar por el juego de manos de los prestidigitadores

El arrendajo euroasiático es un maestro en el arte del ocultamiento. Para prepararse para los largos meses de invierno, los córvidos acumulan en docenas, si no cientos, de escondites un botín de semillas y bayas, que encuentra varios meses después. Mejor aún: sabiendo que está siendo observado constantemente, ha desarrollado diversas técnicas para engañar a sus competidores. Aquí, aparentemente coloca comida que luego traslada discretamente a otra parte; allí deja en evidencia un elemento para camuflar mejor a los demás; o aprovecha un bolsillo secreto, en los pliegues de su cuello, para depositar discretamente sus provisiones, cuando no está construyendo verdaderos dobles fondos.

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Tales prácticas pueden evocar fácilmente el arte del mago. Especialmente en el departamento de psicología de la Universidad de Cambridge, que ha acogido en residencia, durante diez años, a Clive Wilkins, miembro eminente del Círculo Mágico de Londres, templo británico de los discípulos de Jean-Eugène Robert-Houdin. Por lo general, las reflexiones del ilusionista alimentan la investigación de los puntos opacos de la percepción humana. Pero el equipo de Nicola Clayton ha puesto su mirada al servicio del estudio de la cognición animal. En un artículo publicado el lunes 31 de mayo en PNAS, muestra por primera vez que un animal puede ser víctima de ciertas ilusiones humanas, pero que otras lo dejan sin miedo.

Abrumado por movimientos rápidos

Para hacer esto, los investigadores primero entrenaron a seis arrendajos, tres machos y tres hembras, para que informaran en qué mano estaba la comida. Luego, para seguirlo mientras Clive Wilkins pasaba lentamente las bayas de mano en mano. “La parte más difícil del trabajo”, dice Elías García-Pelegrin, primer autor del artículo, estudiante de doctorado de Cambridge y mago aficionado. Finalmente, los sometieron a tres experimentos clásicos de manipulación. En dos de ellos, el ilusionista pretende pasar la recompensa de una mano a la otra. En la técnica de “patear”, el objeto queda pegado a la piel, oculto por la palma de la primera mano. En el del “torniquete” – que los británicos denominaron “liberación francesa” – la comida, sostenida entre el pulgar y el índice, vuelve a caer en la palma de la misma mano, sirviendo la segunda como señuelo. El resultado es el mismo: el objeto no cambia de manos. En el tercer experimento, por el contrario, el pasaje tiene lugar, pero tan rápido que el observador no tiene tiempo de verlo.

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